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viernes, 4 de marzo de 2011

Sobre la génesis de El cuervo: "Método de composición" por Edgar Allan Poe


En una nota que en estos momentos tengo a la vista, Charles Dickens dice lo 
siguiente, refiriéndose a un análisis que efectué del mecanismo de Barnaby
Rudge:
 "¿Saben, dicho sea de paso, que Godwin escribió su Caleb
Williams
 al revés? Comenzó enmarañando la materia del segundo libro
y luego, para componer el primero, pensó en los medios de justificar
todo lo que había hecho".Se me hace difícil creer que fuera ése
precisamente el modo de composición de Godwin; por otra parte, lo que él
mismo confiesa no está de acuerdo en manera alguna con la idea de
Dickens. Pero el autor de Caleb Williams era un autor demasiado
entendido para no percatarse de las ventajas que se pueden lograr con
algún procedimiento semejante.


Si algo hay evidente es que un plan cualquiera que sea digno de este
nombre ha de haber sido trazado con vistas al desenlace antes que la
pluma ataque el papel. Sólo si se tiene continuamente presente la idea
del desenlace podemos conferir a un plan su indispensable apariencia de
lógica y de causalidad, procurando que todas las incidencias y en
especial el tono general tienda a desarrollar la intención establecida.


Creo que existe un radical error en el método que se emplea por lo
general para construir un cuento. Algunas veces, la historia nos
proporciona una tesis; otras veces, el escritor se inspira en un caso
contemporáneo o bien, en el mejor de los casos, se las arregla para
combinar los hechos sorprendentes que han de tratar simplemente la base
de su narración, proponiéndose introducir las descripciones, el diálogo
o bien su comentario personal donde quiera que un resquicio en el tejido
de la acción brinde la ocasión de hacerlo.


A mi modo de ver, la primera de todas las consideraciones debe ser la de
un efecto que se pretende causar. Teniendo siempre a la vista la
originalidad (porque se traiciona a sí mismo quien se atreve a
prescindir de un medio de interés tan evidente), yo me digo, ante todo:
entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el
corazón, la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma,
¿cuál será el único que yo deba elegir en el caso presente?


Habiendo ya elegido un tema novelesco y, a continuación, un vigoroso
efecto que producir, indago si vale más evidenciarlo mediante los
incidentes o bien el tono o bien por los incidentes vulgares y un tono
particular o bien por una singularidad equivalente de tono y de
incidentes; luego, busco a mi alrededor, o acaso mejor en mí mismo, las
combinaciones de acontecimientos o de tomos que pueden ser más adecuados
para crear el efecto en cuestión.


He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un
autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha
progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término
definitivo de su realización.


Me sería imposible explicar por qué no se ha ofrecido nunca al público
un trabajo semejante; pero quizá la vanidad de los autores haya sido la
causa más poderosa que justifique esa laguna literaria. Muchos
escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente
que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición
extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que
permitir al público echar una ojeada tras el telón, para contemplar los
trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos. La verdadera decisión
se adopta en el último momento, ¡a tanta idea entrevista!, a veces sólo
como en un relámpago y que durante tanto tiempo se resiste a mostrarse a
plena luz, el pensamiento plenamente maduro pero desechado por ser de
índole inabordable, la elección prudente y los arrepentimientos, las
dolorosas raspaduras y las interpolación. Es, en suma, los rodamientos y
las cadenas, los artificios para los cambios de decoración, las
escaleras y los escotillones, las plumas de gallo, el colorete, los
lunares y todos los aceites que en el noventa y nueve por ciento de los
casos son lo peculiar del histrión literario.


Por lo demás, no se me escapa que no es frecuente el caso en que un
autor se halle en buena disposición para reemprender el camino por donde
llegó a su desenlace.


Generalmente, las ideas surgieron mezcladas; luego fueron seguidas y
finalmente olvidadas de la misma manera.


En cuanto a mí, no comparto la repugnancia de que acabo de hablar, ni
encuentro la menor dificultad en recordar la marcha progresiva de todas
mis composiciones. Puesto que el interés de este análisis o
reconstrucción, que se ha considerado como un desiderátum en literatura,
es enteramente independiente de cualquier supuesto ideal en lo
analizado, no se me podrá censurar que salte a las conveniencias si
revelo aquí el modus operandi con que logré construir una de mis
obras. Escojo para ello El cuervo debido a que es la más conocida
de todas. Consiste mi propósito en demostrar que ningún punto de la
composición puede atribuirse a la intuición ni al azar; y que aquélla
avanzó hacia su terminación, paso a paso, con la misma exactitud y la
lógica rigurosa propias de un problema matemático.


Puesto que no responde directamente a la cuestión poética, prescindamos
de la circunstancia, si lo prefieren, la necesidad, de que nació la
intención de escribir un poema tal que satisficiera al propio tiempo el
gusto popular y el gusto crítico.


Mi análisis comienza, por tanto, a partir de esa intención.


La consideración primordial fue ésta: la dimensión. Si una obra
literaria es demasiado extensa para ser leída en una sola sesión,
debemos resignarnos a quedar privados del efecto, soberanamente
decisivo, de la unidad de impresión; porque cuando son necesarias dos
sesiones se interponen entre ellas los asuntos del mundo, y todo lo que
denominamos el conjunto o la totalidad queda destruido automáticamente.
Pero, habida cuenta de que coeteris paribus, ningún poeta puede
renunciar a todo lo que contribuye a servir su propósito, queda examinar
si acaso hallaremos en la extensión alguna ventaja, cual fuere, que
compense la pérdida de unidad aludida. Por el momento, respondo
negativamente. Lo que solemos considerar un poema extenso en realidad no
es más que una sucesión de poemas cortos, es decir, de efectos poéticos
breves. Es inútil sostener que un poema no es tal sino en cuanto eleva
el alma y te reporta una excitación intensa: por una necesidad psíquica,
todas las excitaciones intensas son de corta duración. Por eso, al menos
la mitad del "Paraíso perdido" no es más que pura prosa: hay en él una
serie de excitaciones poéticas salpicadas inevitablemente de
depresiones. En conjunto, la obra toda, a causa de su extensión
excesiva, carece de aquel elemento artístico tan decisivamente
importante: totalidad o unidad de efecto.


En lo que se refiere a las dimensiones hay, evidentemente, un límite
positivo para todas las obras literarias: el límite de una sola sesión.
Ciertamente, en ciertos géneros de prosa, comoRobinson Crusoe, no
se exige la unidad, por lo que aquel límite puede ser traspasado: sin
embargo, nunca será conveniente traspasarlo en un poema. En el mismo
límite, la extensión de un poema debe hallarse en relación matemática
con el mérito del mismo, esto es, con la elevación o la excitación que
comporta; dicho de otro modo, con la cantidad de auténtico efecto
poético con que pueda impresionar las almas. Esta regla sólo tiene una
condición restrictiva, a saber: que una relativa duración es
absolutamente indispensable para causar un efecto, cualquiera que fuere.


Teniendo muy presentes en mí ánimo estas consideraciones, así como aquel
grado de excitación que nos situaba por encima del gusto popular y por
debajo del gusto crítico, concebí ante todo una idea sobre la extensión
idónea para el poema proyectado: unos cien versos aproximadamente. En
realidad cuenta exactamente ciento ocho.


Mi pensamiento se fijó seguidamente en la elevación de una impresión o
de un efecto que causar. Aquí creo que conviene observar que, a través
de este trabajo de construcción, tuve siempre presente la voluntad de
lograr una obra universalmente apreciable.


Me alejaría demasiado de mi objeto inmediato presente si me entretuviese
en demostrar un punto en que he insistido muchas veces: que lo bello es
el único ámbito legítimo de la poesía. Con todo, diré unas palabras para
presentar mi verdadero pensamiento, que algunos amigos míos se han
apresurado demasiado a disimular. El placer a la vez más intenso, más
elevado y más puro no se encuentra -según creo- más que en la
contemplación de lo bello. Cuando los hombres hablan de belleza no
entienden precisamente una cualidad, como se supone, sino una impresión:
en suma, tienen presente la violenta y pura elevación del alma -no del
intelecto ni del corazón- que ya he descrito y que resulta de la
contemplación de lo bello. Ahora bien, yo considero la belleza como el
ámbito de la poesía, porque es una regla evidente del arte que los
efectos deben brotar necesariamente de causas directas, que los objetos
deben ser alcanzados con los medios más apropiados para ello -ya que
ningún hombre ha sido aún bastante necio para negar que la elevación
singular de que estoy tratando se halle más fácilmente al alcance de la
poesía. En cambio, el objeto verdad, o satisfacción del intelecto, y el
objeto pasión, o excitación del corazón, son mucho más fáciles de
alcanzar por medio de la prosa aunque, en cierta medida, queden también
al alcance de la poesía.


En resumen, la verdad requiere una precisión, y la pasión una
familiaridad (los hombres verdaderamente apasionados me comprenderán)
radicalmente contrarias a aquella belleza, que no es sino la excitación
-debo repetirlo- o el embriagador arrobamiento del alma.


De todo lo dicho hasta el presente no puede en modo alguno deducirse que
la pasión ni la verdad no puedan ser introducidas en un poema, incluso
con beneficio para éste; ya que pueden servir para aclarar o para
potenciar el efecto global, como las disonancias por contraste. Pero el
auténtico artista se esforzará siempre en reducirlas a un papel propicio
al objeto principal que se pretenda, y además en rodearlas, tanto como
pueda, de la nube de belleza que es atmósfera y esencia de la poesía. En
consecuencia, considerando lo bello como mi terreno propio, me pregunté
entonces: ¿cuál es el tono para su manifestación más alta? Éste había de
ser el tema de mi siguiente meditación. Ahora bien, toda la experiencia
humana coincide en que ese tono es el de la tristeza. Cualquiera que sea
su parentesco, la belleza, en su desarrollo supremo, induce a las
lágrimas, inevitablemente, a las almas sensibles. Así, pues, la
melancolía es el más idóneo de los tonos poéticos.


Una vez determinados así la dimensión, el terreno y el tono de mi
trabajo, me dediqué a la busca de alguna curiosidad artística e
incitante, que pudiera actuar como clave en la construcción del poema:
de algún eje sobre el que toda la máquina hubiera de girar; empleando
para ello el sistema de la introducción ordinaria. Reflexionando
detenidamente sobre todos los efectos de arte conocidos o, más
propiamente, sobre todo los medios de efecto -entendiendo este término
en su sentido escénico-, no podía escapárseme que ninguno había sido
empleado con tanta frecuencia como el estribillo. La universalidad de
éste bastaba para convencerme acerca de su intrínseco valor, evitándome
la necesidad de someterlo a un análisis. En cualquier caso, yo no lo
consideraba sino en cuanto susceptible de perfeccionamiento; y pronto
advertí que se encontraba aún en un estado primitivo. Tal como
habitualmente se emplea, el estribillo no sólo queda limitado a las
composiciones líricas, sino que la fuerza de la impresión que debe
causar depende del vigor de la monotonía en el sonido y en la idea.
Solamente se logra el placer mediante la sensación de identidad o de
repetición. Entonces yo resolví variar el efecto, con el fin de
acrecentarlo, permaneciendo en general fiel a la monotonía del sonido,
pero alterando continuamente el de la idea: es decir, me propuse causar
una serie continua de efectos nuevos con una serie de variadas
aplicaciones del estribillo, dejando que éste fuese casi siempre
parecido.


Habiendo ya fijado estos puntos, me preocupé por la naturaleza de mi
estribillo: puesto que su aplicación tenía que ser variada con
frecuencia, era evidente que el estribillo en cuestión había de ser
breve, pues hubiera sido una dificultad insuperable variar
frecuentemente las aplicaciones de una frase un poco extensa. Por
supuesto, la facilidad de variación estaría proporcionada a la brevedad
de una frase. Ello me condujo seguidamente a adoptar como estribillo
ideal una única palabra. Entonces me absorbió la cuestión sobre el
carácter de aquella palabra. Habiendo decidido que habría un estribillo,
la división del poema en estancias resultaba un corolario necesario,
pues el estribillo constituye la conclusión de cada estrofa. No admitía
duda para mí que semejante conclusión o término, para poseer fuerza,
debía ser necesariamente sonora y susceptible de un énfasis prolongado:
aquellas consideraciones me condujeron inevitablemente a la o larga,
que es la vocal más sonora, asociada a la r, porque ésta es la
consonante más vigorosa.


Ya tenía bien determinado el sonido del estribillo. A continuación era
preciso elegir una palabra que lo contuviese y, al propio tiempo,
estuviese en el acuerdo más armonioso posible con la melancolía que yo
había adoptado como tono general del poema. En una búsqueda semejante,
hubiera sido imposible no dar con la palabra nevermore (nunca
más). En realidad, fue la primera que se me ocurrió.


El siguiente fue éste: ¿cual será el pretexto útil para emplear
continuamente la palabranevermore? Al advertir la dificultad que
se me planteaba para hallar una razón válida de esa repetición continua,
no dejé de observar que surgía tan sólo de que dicha palabra, repetida
tan cerca y monótonamente, había de ser proferida por un ser humano: en
resumen, la dificultad consistía en conciliar la monotonía aludida con
el ejercicio de la razón en la criatura llamada a repetir la palabra.
Surgió entonces la posibilidad de una criatura no razonable y, sin
embargo, dotada de palabra: como lógico, lo primero que pensé fue un
loro; sin embargo, éste fue reemplazado al punto por un cuervo, que
también está dotado de palabra y además resulta infinitamente más acorde
con el tono deseado en el poema.


Así, pues, había llegado por fin a la concepción de un cuervo. ¡El
cuervo, ave de mal agüero!, repitiendo obstinadamente la palabra nevermore al
final de cada estancia en un poema de tono melancólico y una extensión
de unos cien versos aproximadamente. Entonces, sin perder de vista el
superlativo o la perfección en todos los puntos, me pregunté: entre
todos los temas melancólicos, ¿cuál lo es más, según lo entiende
universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! Y,
¿cuándo ese asunto, el más triste de todos, resulta ser también el más
poético? Según lo ya explicado con bastante amplitud, la respuesta puede
colegirse fácilmente: cuando se alíe íntimamente con la belleza. Luego
la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema
más poético del mundo; y queda igualmente fuera de duda que la boca más
apta para desarrollar el tema es precisamente la del amante privado de
su tesoro.


Tenía que combinar entonces aquellas dos ideas: un amante que llora a su
amada perdida. Y un cuervo que repite continuamente la palabra nevermore. No
sólo tenía que combinarlas, sino además variar cada vez la aplicación de
la palabra que se repetía: pero el único medio posible para semejante
combinación consistía en imaginar un cuervo que aplicase la palabra para
responder a las preguntas del amante. Entonces me percaté de la
facilidad que se me ofrecía para el efecto de que mi poema había de
depender: es decir, el efecto que debía producirse mediante la variedad
en la aplicación del estribillo.


Comprendí que podía hacer formular la primera pregunta por el amante, a
la que respondería el cuervo: nevermore; que de esta primera
pregunta podía hacer una especie de lugar común, de la segunda algo
menos común, de la tercera algo menos común todavía, y así
sucesivamente, hasta que por último el amante, arrancado de su
indolencia por la índole melancólica de la palabra, su frecuente
repetición y la fama siniestra del pájaro, se encontrase presa de una
agitación supersticiosa y lanzase locamente preguntas del todo diversas,
pero apasionadamente interesantes para su corazón: unas preguntas donde
se diesen a medias la superstición y la singular desesperación que halla
un placer en su propia tortura, no sólo por creer el amante en la índole
profética o diabólica del ave (que, según le demuestra la razón, no hace
más que repetir algo aprendido mecánicamente), sino por experimentar un
placer inusitado al formularlas de aquel modo, recibiendo en el nevermore siempre
esperado una herida reincidente, tanto más deliciosa por insoportable.


Viendo semejante facilidad que se me ofrecía o, mejor dicho, que se me
imponía en el transcurso de mi trabajo, decidí primero la pregunta
final, la pregunta definitiva, para la que elnevermore sería la
última respuesta, a su vez: la más desesperada, llena de dolor y de
horror que concebirse pueda.


Aquí puedo afirmar que mi poema había encontrado su comienzo por el fin,
como debieran comenzar todas las obras de arte: entonces, precisamente
en este punto de mis meditaciones, tomé por vez primera la pluma, para
componer la siguiente estancia:



¡Profeta! Aire, ¡ente de mal agüero! ¡Ave o demonio, pero profeta
siempre! Por ese cielo tendido sobre nuestras cabezas, por ese Dios que
ambos adoramos, di a esta alma cargada de dolor si en el Paraíso lejano
podrá besar a una joven santa que los ángeles llaman Leonor, besar a una
preciosa y radiante joven que los ángeles llaman Leonor". El cuervo
dijo: "¡Nunca más!."


Sólo entonces escribí esta estancia: primero, para fijar el grado
supremo y poder de este modo, más fácilmente, variar y graduar, según su
gravedad y su importancia, las preguntas anteriores del amante; y en
segundo término, para decidir definitivamente el ritmo, el metro, la
extensión y la disposición general de la estrofa, así como graduar las
que debieran anteceder, de modo que ninguna aventajase a ésta en su
efecto rítmico. Si, en el trabajo de composición que debía subseguir, yo
hubiera sido tan imprudente como para escribir estancias más vigorosas,
me hubiera dedicado a debilitarlas, conscientemente y sin ninguna
vacilación, de modo que no contrarrestasen el efecto de crescendo.


Podría decir también aquí algo sobre la versificación. Mi primer objeto
era, como siempre, la originalidad. Una de las cosas que me resultan más
inexplicables del mundo es cómo ha sido descuidada la originalidad en la
versificación. Aun reconociendo que en el ritmo puro exista poca
posibilidad de variación, es evidente que las variedades en materia de
metro y estancia son infinitas: sin embargo, durante siglos, ningún
hombre hizo nunca en versificación nada original, ni siquiera ha
parecido desearlo.


Lo cierto es que la originalidad -exceptuando los espíritus de una
fuerza insólita- no es en manera alguna, como suponen muchos, cuestión
de instinto o de intuición. Por lo general, para encontrarla hay que
buscarla trabajosamente; y aunque sea un positivo mérito de la más alta
categoría, el espíritu de invención no participa tanto como el de
negación para aportarnos los medios idóneos de alcanzarla.


Ni qué decir tiene que yo no pretendo haber sido original en el ritmo o
en el metro de El cuervo. El primero es troqueo; el otro se
compone de un verso octómetro acataléctico, alternando con un heptámetro
cataléctico que, al repetirse, se convierte en estribillo en el quinto
verso, y finaliza con un tetrámetro cataléctico. Para expresarme sin
pedantería, los pies empleados, que son troqueos, consisten en una
sílaba larga seguida de una breve; el primer verso de la estancia se
compone de ocho pies de esa índole; el segundo, de siete y medio; el
tercero, de ocho; el cuarto, de siete y medio; el quinto, también de
siete y medio; el sexto, de tres y medio. Ahora bien, si se consideran
aisladamente cada uno de esos versos habían sido ya empleados, de manera
que la originalidad de El cuervo consiste en haberlos combinado
en la misma estancia: hasta el presente no se había intentado nada que
pudiera parecerse, ni siquiera de lejos, a semejante combinación. El
efecto de esa combinación original se potencia mediante algunos otros
efectos inusitados y absolutamente nuevos, obtenidos por una aplicación
más amplia de la rima y de la aliteración.


El punto siguiente que considerar era el modo de establecer la
comunicación entre el amante y el cuervo: el primer grado de la cuestión
consistía, naturalmente, en el lugar. Pudiera parecer que debiese brotar
espontáneamente la idea de una selva o de una llanura; pero siempre he
estimado que para el efecto de un suceso aislado es absolutamente
necesario un espacio estrecho: le presta el vigor que un marco añade a
la pintura. Además, ofrece la ventaja moral indudable de concentrar la
atención en un pequeño ámbito; ni que decir tiene que esta ventaja no
debe confundirse con la que se obtenga de la mera unidad de lugar.


En consecuencia, decidí situar al amante en su habitación, en una
habitación que había santificado con los recuerdos de la que había
vivido allí. La habitación se describiría como ricamente amueblada: con
objeto de satisfacer las ideas que ya expuse acerca de la belleza, en
cuanto única tesis verdadera de la poesía.


Habiendo determinado así el lugar, era preciso introducir entonces el
ave: la idea de que ésta penetrase por la ventana resultaba inevitable.
Que al amante supusiera, en el primer momento, que el aleteo del pájaro
contra el postigo fuese una llamada a su puerta era una idea brotada de
mi deseo de aumentar la curiosidad del lector, obligándole a aguardar;
pero también del deseo de colocar el efecto incidental de la puerta
abierta de par en par por el amante, que no halla más que oscuridad, y
que por ello puede adoptar en parte la ilusión de que el espíritu de su
amada ha venido a llamar... Hice que la noche fuera tempestuosa, primero
para explicar que el cuervo buscase la hospitalidad; también para crear
el contraste con la serenidad material reinante en el interior de la
habitación.


Así, también, hice posarse el ave sobre el busto de Palas para
establecer el contraste entre su plumaje y el mármol. Se comprende que
la idea del busto ha sido suscitada únicamente por el ave; que fuese
precisamente un busto de Palas se debió en primer lugar a la relación
íntima con la erudición del amante y en segundo término a causa de la
propia sonoridad del nombre de Palas.


Hacia mediados del poema, exploté igualmente la fuerza del contraste con
el objeto de profundizar la que sería la impresión final. Por eso,
conferí a la entrada del cuervo un matiz fantástico, casi lindante con
lo cómico, al menos hasta donde mi asunto lo permitía. El cuervo penetra
con un tumultuoso aleteo.


No hizo
ni la menor reverencia, no se detuvo, no vaciló ni un minuto; pero con
el aire de un señor o de una dama, colgóse sobre la puerta de mi
habitación.


En las dos estancias siguientes, el propósito se manifiesta aun más:



Entonces aquel pájaro de ébano, que por la gravedad de su postura y la
severidad de su fisonomía inducía a mi triste imaginación a sonreír:
"Aunque tu cabeza", le dije, "no lleve ni capote ni cimera, ciertamente
no eres un cobarde, lúgubre y antiguo cuervo partido de las riberas de
la noche. ¡Dime cuál es tu nombre señorial en las riberas de la noche
plutónica". El cuervo dijo: "¡Nunca más!".


Me
maravilló que aquel desgraciado volátil entendiera tan fácilmente la
palabra, si bien su respuesta no tuvo mucho sentido y no me sirvió de
mucho; porque hemos de convenir en que nunca más fue dado a un hombre
vivo el ver a un ave encima de la puerta de su habitación, a un ave o
una bestia sobre un busto esculpido encima de la puerta de su
habitación, llamarse un nombre tal como "¡Nunca más!".


Preparado así el efecto del desenlace, me apresuro a abandonar el tono
fingido y adoptar el serio, más profundo: este cambio de tono se inicia
en el primer verso de la estancia que sigue a la que acabo de citar:

M
as
el cuervo, posado solitariamente en el busto plácido, no profirió...,
etc.  


A partir de este momento, el amante ya no bromea; ya no ve nada ficticio
en el comportamiento del ave. Habla de ella en los términos de una
triste, desgraciada, siniestra, enjuta y augural ave de los tiempos
antiguos y siente los ojos ardientes que le abrasan hasta el fondo del
corazón. Esa transición de su pensamiento y esa imaginación del amante
tienen como finalidad predisponer al lector a otras análogas,
conduciendo el espíritu hacia una posición propicia para el desenlace,
que sobrevendrá tan rápida y directamente como sea posible. Con el
desenlace propiamente dicho, expresado en el jamás del cuervo en
respuesta a la última pregunta del amante -¿encontrará a su amada en el
otro mundo?-, puede considerarse concluido el poema en su fase más clara
y natural, la de simple narración. Hasta el presente, todo se ha
mantenido en los límites de lo explicable y lo real.


Un cuervo ha aprendido mecánicamente la única palabra jamás; habiendo
huido de su propietario, la furia de la tempestad le obliga, a
medianoche, a pedir refugio en una ventana donde aún brilla una luz: la
ventana de un estudiante que, divertido por el incidente, le pregunta en
broma su nombre, sin esperar respuesta. Pero el cuervo, al ser
interrogado, responde con su palabra habitual, nunca más: palabra
que inmediatamente suscita un eco melancólico en el corazón del
estudiante; y éste, expresando en voz alta los pensamientos que aquella
circunstancia le sugiere, se emociona ante la repetición del jamás. El
estudiante se entrega a las suposiciones que el caso le inspira; mas el
ardor del corazón humano no tarda en inclinarle a martirizarse, así
mismo y también por una especie de superstición a formularle preguntas
que la respuesta inevitable, el intolerable "nunca más", le
proporcione la más horrible secuela de sufrimiento, en cuanto amante
solitario. La narración en lo que he designado como su primera fase o
fase natural, halla su conclusión precisamente en esa tendencia del
corazón a la tortura, llevada hasta el último extremo: hasta aquí, no se
ha mostrado nada que pase los límites de la realidad.


Pero, en los temas manejados de esta manera, por mucha que sea la
habilidad del artista y mucho el lujo de incidentes con que se adornen,
siempre quedan cierta rudeza y cierta desnudez que dañan la mirada de la
persona sensible. Dos elementos se exigen eternamente: por una parte,
cierta suma de complejidad, dicho con mayor propiedad, de combinación;
por otra cierta cantidad de espíritu sugestivo, algo así como una vena
subterránea de pensamiento, invisible e indefinido. Esta última cualidad
es la que le confiere a la obra de arte el aire opulento que a menudo
cometemos la estupidez de confundir con el ideal. Lo que transmuta en
prosa -y prosa de la más baja estofa-, la pretendida poesía de los que
se denominan trascendentalistas, es justamente el exceso en la expresión
del sentido que sólo debe quedar insinuado, la manía de convertir la
corriente subterránea de una obra en la otra corriente, visible en la
superficie.


Convencido de ello, añadí las dos estancias que concluyen el poema,
porque su calidad sugestiva había de penetrar en toda la narración
antecedente. La corriente subterránea del pensamiento se muestra por
primera vez en estos versos:


Arranca
tu pico de mi corazón y precipita tu espectro lejos de mi puerta. El
cuervo dijo: "Nunca más"
.


Quiero subrayar que la expresión "de mi corazón" encierra la primera
expresión poética. Estas palabras, con la correspondiente respuesta, jamás, disponen
el espíritu a buscar un sentido moral en toda la narración que se ha
desarrollado anteriormente.


Entonces el lector comienza a considerar el cuervo como un ser
emblemático pero sólo en el último verso de la última estancia puede ver
con nitidez la intención de hacer del cuervo el símbolo del recuerdo
fúnebre y eterno.


Y el
cuervo, inmutable, sigue instalado, siempre instalado sobre el busto
plácido de Palas, justo encima de la puerta de mi habitación; y sus ojos
parecen los ojos de un demonio que medita; y la luz de la lámpara, que
le chorrea encima, proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, fuera del
círculo de aquella sombra que yace flotando en el suelo, no podrá
elevarse ya más, ¡nunca más!

  1846
"El
cuervo" poesía completa
I


En una noche pavorosa, inquieto



releía un vetusto mamotreto



cuando creí escuchar 



un extraño ruido, de repente



como si alguien tocase suavemente



a mi puerta: «Visita impertinente



es, dije y nada más » .
II

¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno

e impaciente medía el tiempo eterno

cansado de buscar

en los libros la calma bienhechora

al dolor de mi muerta Leonora

que habita con los ángeles ahora

¡para siempre jamás!
III

Sentí el sedeño y crujidor y elástico

rozar de las cortinas, un fantástico

terror, como jamás

sentido había y quise aquel ruido

explicando, mi espíritu oprimido

calmar por fin: «Un viajero perdido

es, dije y nada más ».
IV

Ya sintiendo más calma: «Caballero

exclamé, o dama, suplicaros quiero

os sirváis excusar

mas mi atención no estaba bien despierta

y fue vuestra llamada tan incierta…»

Abrí entonces de par en par la puerta:

tinieblas nada más.
V

Miro al espacio, exploro la tiniebla

y siento entonces que mi mente puebla

turba de ideas cual

ningún otro mortal las tuvo antes

y escucho con oídos anhelantes

«Leonora » unas voces susurrantes

murmurar nada más.
VI

Vuelvo a mi estancia con pavor secreto

y a escuchar torno pálido e inquieto

más fuerte golpear;

«algo, me digo, toca en mi ventana,

comprender quiero la señal arcana

y calmar esta angustia sobrehumana »:

¡el viento y nada más!
VII

Y la ventana abrí: revolcando

vi entonces un cuervo venerando

como ave de otra edad;

sin mayor ceremonia entró en mis salas

con gesto señorial y negras alas

y sobre un busto, en el dintel, de Palas

posóse y nada más.
VIII

Miro al pájaro negro, sonriente

ante su grave y serio continente

y le comienzo a hablar,

no sin un dejo de intención irónica:

«Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica,

¿cuál es tu nombre en la región plutónica? »

Dijo el cuervo: «Jamás ».
IX

En este caso al par grotesco y raro

maravilléme al escuchar tan claro

tal nombre pronunciar

y debo confesar que sentí susto

pues ante nadie, creo, tuvo el gusto

de un cuervo ver, posado sobre un busto

con tal nombre: «Jamás ».
X

Cual si hubiese vertido en ese acento

el alma, calló el ave y ni un momento

las plumas movió ya,

«otros de mí han huido y se me alcanza

que él partirá mañana sin tardanza

como me ha abandonado la esperanza »;

dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XI

Una respuesta al escuchar tan neta

me dije, no sin inquietud secreta,

«Es esto nada más.

Cuanto aprendió de un amo infortunado,

a quien tenaz ha perseguido el hado

y por solo estribillo ha conservado

¡ese jamás, jamás! »
XII

Rodé mi asiento hasta quedar enfrente

de la puerta, del busto y del vidente

cuervo y entonces ya

reclinado en la blanda sedería

en ensueños fantásticos me hundía,

pensando siempre que decir querría

aquel jamás, jamás.
XIII

Largo tiempo quedéme así en reposo

aquel extraño pájaro ominoso

mirando sin cesar,

ocupaba el diván de terciopelo

do juntos nos sentamos y en mi duelo

pensaba que Ella, nunca en este suelo

lo ocuparía más.
XIV

Entonces parecióme el aire denso

con el aroma de quemado incienso

de un invisible altar;

y escucho voces repetir fervientes:

«Olvida a Leonor, bebe el nepenthes

bebe el olvido en sus letales fuentes »;

dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XV

«Profeta, dije, augur de otras edades

que arrojaron las negras tempestades

aquí para mi mal,

huésped de esta morada de tristura,

dí, fosco engendro de la noche oscura,

si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »:

dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XVI

«Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo

por Dios, por mí, por mi dolor acerbo,

por tu poder fatal

dime si alguna vez a Leonora

volveré a ver en la eternal aurora

donde feliz con los querubes mora »;

dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XVII

«Sea tal palabra la postrera

retorna a la plutónica rivera,»

grité: «¡No vuelvas más,

no dejes ni una huella, ni una pluma

y mi espíritu envuelto en densa bruma 

libra por fin el peso que le abruma! »

dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XVIII

Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto

sigue siempre de Palas sobre el busto

y bajo mi fanal,

proyecta mancha lúgubre en la alfombra

y su mirada de demonio asombra…

¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra

se librará? ¡Jamás!

Versión de Carlos Arturo Torres (disponible en web: 
http://www.poemasde.net/el-cuervo-edgar-allan-poe/)




LOS SIMPSONS (EL CUERVO RECITADO)

jueves, 3 de marzo de 2011

"MIENTRAS ESCRIBO", de Stephen King



Ficha:
Título original: On Writing
Primera edición: marzo,2001
Traducción: Jofre Homedes Beutnagel
Editorial: Plaza y Janés
ISBN: 84-01-01445-X

En 1999, Stephen King sufrió un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida. Mientras estuvo convaleciente, se dedicó a terminar un texto que había iniciado dos años antes sobre el arte de la escritura.
No analizaremos aquí el libro, sino el enfoque sobre algunas de las herramientas que el escritor norteamericano juzga imprescindibles.

El primer postulado del escritor norteamericano es rotundo: si se tiene pasión por la escritura hay sólo dos caminos: escribir y leer "como una mula" (su producción así lo demuestra).

Luego, en forma más específica, habla de "la caja de herramientas" (nuestro "botiquín de escritor"). Dicha caja, dice, debería tener al menos cuatro niveles. "Supongo que podría ser hasta cinco o seis, pero llega un punto en que crece demasiado la caja para ser portátil, con lo cual pierde su mayor virtud" (p.91).

La bandeja superior
1.Vocabulario:
En la bandeja superior coloca las herramientas normales, es decir, el vocabulario. Stephen King dice que uno tiene que aprovechar el material que uno lleva consigo -su vocabulario- sin ningún sentimiento de culpa ("pon el vocabulario en la bandeja de encima, y no habas ningún esfuerzo consciente de mejorarlo").

2. Gramática:
En esta misma bandeja incluye la gramática. No hace un recorrido pormenorizado de la misma, pero sí sostiene que el vocabulario se organiza de acuerdo con reglas consensuadas de gramática. El quebrantamiento de las reglas o el defecto de las mismas suele generar dificultades en la comunicación.
Luego realiza una descripción pormenorizada de sus inclinaciones y rechazos en la gramática -por ejemplo, no recomienda el uso de la voz pasiva ("el sujeto de una frase con el verbo en voz activa hace algo, mientras que al de una frase con el verbo en voz pasiva le están haciendo algo. El sujeto no interviene") y propone desconfiar del adverbio ya que con ellos ocurre lo mismo que "con la voz pasiva, que parecen hechos a la medida del escritor tímido" (p.99).

La segunda bandeja

El estilo
Aquí el autor hace un alto para desarrollar la idea de párrafo, "la forma de organización que sigue a la frase". Al respecto, desarrolla una idea muy interesante: la de que el párrafo es un mapa de intenciones. Es que para King la unidad básica de la escritura es el párrafo y no la oración (la frase, la llama él). Reside en él la coherencia, la acelaración, pues cuenta con una flexibilidad que la oración no dispone.
Diferencia luego entre párrafos de escrito académico y los literarios, haciendo hincapié que en el segundo caso su carácter "en vez de melodía es ritmo" (p.104).

Siguiendo la lógica anterior, recomienda escribir sobre lo que uno conoce y lo que uno ama, sin ataduras ni imposturas. Asume la imposibilidad de evitar la copia de los autores que se admira -de hecho, lo juzga un camino inevitable hacia la creación del estilo propio-, pero advierte sobre la pobreza de la imitación mimética:

"Si en la contraportada de una novela ves escrito "al estilo de (John Grisham/Patricia Cornwell/ Mary Higgins Clark/ Dean Koonz)", ten por seguro que estás delante de una de esas imitaciones, hechas por puro cálculo y por lo general aburridas" (p. 125).

La tercer bandeja

Luego se dedica a desarrollar la trama, a través de tres elementos: la narración (mueve la historia de A a B), la descripción (genera una realidad sensorial para el lector) y el diálogo (da vida a los personajes).

El libro es interesante, generoso, y no duda en exponer fuentes y ejemplos de la propia pluma de King. Cuenta, además, con una suerte de dossier de un cuento del autor ("La historia del hotel") que agrega comentarios y correcciones de estilo.


DECÁLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA

Autor: Horacio Quiroga
Publicado por primera vez en Babel, julio de 1927.


1)Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.            

2)Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
                  

3)Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
            

4)Ten fe ciega, no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
            

5)No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
             

6)Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba un viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
              

7)No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
      

8)Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
                

9)No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de reviviría tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
               

10)No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

CUESTIONES TÉCNICAS: de gramática, ortografía y otras yerbas

EL PUNTO

El punto es uno de los elementos clave de la escritura, pues separa unidades autónomas que integran un texto.
Es la mayor pausa en la sintaxis que establece la convención ortográfica (los otros importantes son el punto y coma y la coma).

Vamos a ver algunos de los usos más comunes -y otros no tanto- del punto.

1. El punto y seguido
2. El punto y aparte
3. El punto final

1. El punto seguido: separa las oraciones que integran un párrafo. Indica que el tema a tratar se sigue tratando en la próxima oración. Después del punto seguido, se continúa en el mismo renglón o en el siguiente (en este caso, no se deja margen).

2. El punto y aparte: separa períodos más amplios, como los párrafos de un texto. La relación semántica que existe entre los párrafos es menor que la existe entre las oraciones separadas por un punto. También se utiliza en el diálogo, para denotar la finalización de cada intervención.

3. El punto final: señala la finalización del texto, ya sea en su totalidad, o de un capítulo, sección o parte.

Otros usos:

1. Abreviaturas: el punto es utilizado también en las abreviaturas, ya sea por convención o porque se quiere reducir el largo de una palabra. Ejs:
Sr. (señor)
Cap. Fed. (Capital Federal)
Dra. (Doctor)

Debido al auge de las comunicaciones tecnológicas, muchas veces el punto resulta obviado. Si bien ésto no está normado, se puede utilizar. Ejs:

flia (familia)
Lic (licenciado) ,etc

2. Uso combinado: el punto también se usa combinado con otros signos. Esto es muy común en las citas bibliográficas, cuestión que estudiamos en otro apartado.

Fuente: García Negroni, María Marta (coord.), El arte de escribir bien en español: manual de corrección de estilo, María Marta García Negroni, Laura Pérgola y Mirta Stern.- 1a ed.-  Buenos Aires: Santiago Arcos, 2004.